La caseta

ADORATORIO 

“No hay arte sin transformación.”

Robert Bresson

Uno de los rostros más seductores del arte contemporáneo es, sin duda, la irreverencia y la experimentación que le dan soporte, sentido y trascendencia.

El siglo XX, desde la pieza Fontaine, un urinario, del francés Marcel Duschamp, hasta el tiburón disecado del inglés Demián Hirst, titulado La imposibilidad de la muerte en la mente de alguien vivo, el arte devino en una secuencia de provocaciones dispuestas a romper cualquier canón de belleza y orden establecido. Esta irreverencia o experimentación no solo se refería a los dispositivos, técnicas y materiales utilizados para la producción artística, sino también a sus formas de circulación.

En los años 70, esta experimentación se extiende hacia la apertura de espacios disímbolos para el arte, sustituyendo las galerías y museos por lugares no convencionales, como edificios abandonados y barrios populares. A la par aparecen colectivos artísticos independientes, empáticos con las causas sociales, lo cual genera una ruptura con las formas de consumo tradicionales para transformarse en formas nuevas de producción, exhibición y circulación del pensamiento crítico.

Hacía los años 90, a la par de los movimientos gentrificantes de las principales urbes, el mercado global del arte reconvierte viejas estaciones de trenes, papeleras y bodegas abandonadas, en sofisticadas galerías. De esta manera, al establecerse en barrios pauperizados, llenos de tradición pero abandonados, vendían también la experiencia de poder estar en colonias y barrios, socialmente estigmatizadas. Este elemento kitch, provocador y edulcolorante, eran las líneas marcadas por el mercado internacional del arte.

En la Ciudad de México como en Oaxaca, con su debida tropicalización, aparecieron grupos que, en solitario o en colectivo, convirtieron casonas, bodegas y estudios, en puntos de encuentro de estilos y búsquedas artísticas, volviéndose semilleros de colectivos y acciones políticas las cuales, en el caso de Oaxaca, se manifestaron en el 2006, dándole un sentido gráfico a un movimiento social que generó una posición política-estética de parte de los artistas, como hacía muchas décadas no lo lograba. Después, estas acciones llegarían las ferias de arte contemporáneo, las cuales introducirían en sus pabellones, galerías experiementales y proyectos colaborativos, que apuntaban hacía el arte social y político.

Es en este contexto geopolítico donde nace La Caseta Adoratorio, un lugar suigeneris en la amplia y diversa oferta cultural oaxaqueña, caracterizada por la autogestión y por ser tierra fértil de centros culturales independientes.

La Caseta Adoratorio está construida sobre la provocación estética y la postura política, donde la geoespacialidad urbana oaxaqueña, autogestión y vida glocal, lo rural y lo cosmopolita, conviven y se repelen, en un choque creativo constante entre el mundo onírico indígena mestizo y las sociedades de consumo.

Ubicado en el corazón de la Antigua Antequera, en un local heredado, La Caseta Adoratorio levantó hace un año su pequeña cortina de acero en el populoso mercado Juárez, ( 20 de Noviembre), en medio de artesanías piratas chinas; puestos de comida típica y productos locales. Su objetivo es convertirse en un espacio para la creatividad colectiva y la difusión del quehacer artístico de jóvenes multidisciplinarios que se mueven entre la plataforma del arte callejero, grafiti y tatuaje, como en el arte formal: pintura, escultura y grabado.

Antes, en este local, convertido en laboratorio de producciones múltiples de creadores noveles y punto de venta de obra, se comercializaban delantales tradicionales para las mujeres, de grandes y coloridas flores bordadas a mano; ahora sus brazos tienden al espacio público para generar un diálogo con el contexto socioespacial: Oaxaca y su espejo: el mercado 20 de noviembre.

La Caseta Adoratorio, de esta manera, se convierte en una provocación para aquel urbanita interesado en buscar, entre calles y restigios de la historia, experiencias y encuentros fortuitos con el espíritu de la ciudad. Ofrece piezas artísticas a precio de “mercado”, de gran diversidad técnica y temáticas, todas bajo la línea de la producción de artistas autodidáctas y algunos académicos, que buscan un espacio en la múltiple gama creativa que ofrece el sureño estado del país.

La apertura de manera autogestiva de esta galería-laboratorio, al interior de un mercado de comidas, productos gourmet y artesanías, genera varías reflexiones sobre las formas y los medios del que se vale el arte para hacerse circular; la necesidad de una generación, surgida a partir de tomar el espacio público con el aerosol y aperturar lugares, para mostrarse estética y políticamente. También pone en evidencia la escasa imaginación y la limitación de los instrumentos institucionales y de los galeristas para apoyar lugares imaginativos, innovadores, que le plantan cara a la voracidad y exclusividad del arte de élite, haciendo circular las propuestas generados en los intersticios económicos y las periferias socioculturales.